Whisky contrarabia Dos


Pero todas las noches de fin de semana, unos pocos canjeamos esa tristeza de polvo y sol por una de alcohol y carne. Es cuando nuestra imaginación chispea débil y fugaz para repetirnos en nuestra miseria, más alegres que hace cinco horas, cuando era sábado a las cuatro de la tarde. Le comento a alguien que he leído hace unos días en el periódico que hay estudios que demuestran que la imaginación hace más tristes a las personas. No recuerdo qué me responde. Quizá por dentro también se esté preguntando por qué entonces esto es tan triste. Bailamos en círculos, coreamos las canciones que el dj pincha en el mismo orden de la noche pasada, la misma gente bebe en sillas monstruosamente unipersonales, como si cada bebedor y bebedora cumplieran una función predeterminada para la que no necesitar rostro. Deseo para mí sólo todas las cosas, escribí a los 17 años y el verso se repite en cada nombre que pronuncio y en todas las manos que saludo. Es un reino de quejas. Podría seguir escuchando fascinado toda la madrugada al barman hablar de la condenación de la clase media. Me toman del brazo y salimos a la calle. Tomamos el auto para andar las tres cuadras que nos separan del siguiente bar.

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