Whisky contrarabia Uno


Todas las fechas de fin de semana una poca fauna de un pueblo helado pisa la piel de la noche. Entonces los bares del centro abren su mediocridad y enchufan aquella falsa sensación de peligro con que nos damos electroshocks para despejarnos de la contemplación de una semana cargada de vacío. Es un pueblo triste. Las calles no son iguales pero es igual el desconsuelo que va colándose por las ventanas de los hogares de gente que sólo se ve en la calle tres veces al año. Ahí la retórica agramatical de las amas de casa en la puerta a las siete de la mañana, cuando voy al trabajo y pienso que frente a esas puertas han de existir poderosos vidrios ultratransparentes que nadie se atreve a romper. Ahí la verbosidad monosilábica de los hombres con camisa institucional de la fábrica de golosinas con que se explotan a sí mismos todo el día en una furgoneta llena de bolsitas de colores. No hay chistes. De común acuerdo los vecinos han instalado un monumento al buen humor al centro del cementerio ya casi en ruinas y todas las mañanas cambian solemnemente sus flores. Un ángel de mármol con el brazo roto firma el acta de testimonio a través de una aplicación de Facebook.

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