Valium


para J, de siempre ella
y para Jorge Galán


Yo sé quienes son y para ellos escribo.
Los he visto en la t.v. mordiéndose los labios como un albor antiguo.
Los veo caminar entre los amigos que no tuve, en la infancia desfallecida,
y los he vuelto a ver esta tarde en un pasillo hecho de ciudades pequeñísimas.
Yo sé de ellos porque los límites amanecieron rotos y esparcidos en el suelo,
y por que millones de cuerpos se abrazaban sobre su mirada mientras decíamos
que no había otra forma de saber la verdad de esos pinos muertos
en esa intensidad divina del hastío, preocupada en esconder toda claridad;
tan endeble, tan limitada, apenas línea incierta de llamas en la atmósfera rodeada
de un halo divino que recuerda el olor del sexo después de horas en la luz podrida,
de los dedos en una breve espalda tan cierta como la sombra majestuosa del dolor
donde la droga levanta la mano en plena noche y dibuja su infinidad en el espejo.
Y por eso amanece rojísimo; tanto que asombra que sea un color y no tu nombre.
El nombre de las cosas por las que no duermo ni duerme Dios bajo mi tierra.
Sí, paso las últimas dos noches viendo la televisión para olvidar que estoy solo.
Espero gritos de las hachas, mediodía artificiales con animales prodigiosos.
Deseo que esa gente hable de nosotros como un mañana jamás sucedido
y el hundimiento es el mismo pues los noticieros trasmiten en la farándula
el mantel rosa de diario donde el rey de la opacidad saluda al príncipe del rap;
Nadie sabe que jamás ninguna tarde ha sido tan nada, tan sencilla, tan inocua.
Nadie, nadie sabe que ellos son como oeste en la niebla frente a una banca,
que quizá deban huir del hit del deterioro pues nada suspende la íntegra pureza
de la oscuridad ante la grama reluciente de la siesta con un manual en las rodillas
y la más infeliz de las aguas de la fuente que huye a la grisura en mi retina.
No, no sé que es, no sé que me nubla, no sé que hace del mundo un mundo ciego;
de la tarde tarde invisible donde el tren de los últimos, ese, de los abandonados
cruza estas tierras donde Babel es una aureola descendiendo del cielo;
tan lejos de los mapas que cabe en la mirada de lo absurdamente invisible.
Conforme voy hablando se desdibuja junto a las palidísimas canciones de baile.
Deja cosas forasteras y nuevas siluetas ocultas guardadas en la agitación;
Como esas caras de esas gentes que se han puesto el más limpio de sus trajes
y han pasado horas atesorando los detalles, borrando la sangre, afilando la risa;
Esas gentes que una tarde pensaron que la alegría del alcohol era sólo
la alegría del mundo y la razón para que la tarde fuera la última de todas.
Pero hoy los he visto, y no hay alegría sino ese extraño estrago dentro mío.
Súbitamente sé que estoy con ellos en el valium cuando el refrigerador me habla;
Me devora la tarde que apila fantasmas en la plaza de un pueblo insignificante
donde la gente muere, veinte de ellos juntos, y no hay una gota sobre girasoles;
Ese pueblo hecho con el polvo de las estrellas que creyeron traer los más jóvenes;
Donde ya no soy ni una estadística, ni un número, ni siquiera un desamparado.
Lo sé, ojala me importará algo no ser un desvanecido; pero no importa
si lo único que queda son las manos insensibles y el miedo aferrado al pecho
como esa hora en la que un enfermo se esfuma en la luz solar y las flores mueren
quemadas por el paso del tren al norte de la ciudad, ahora invisible para los niños.
Que quede claro que no importa nada aparte de esa espontánea evidencia.
Menos ahora que uno no es más que eso y quedan ellos, sí,
disparando en el obsceno júbilo del cerebro esparcido
sobre el último jardín de la eternidad.

Foto: The red model — René Magritte

porWingston González a las 09:52

2 DEMANDANTES:

Anita Leporina dijo... 11 de noviembre de 2009 21:52  

Se deseaba la actualización.
Hermoso texto, la sucesión de imágenes tienen la cadencia del zapping, pero rescatada para la poesía.

Wingston González dijo... 12 de noviembre de 2009 07:05  

¡anita!
sí, ya hacía falta volver. ¿y tú cómo has estado? ¡abrazos!

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